Vol. 12 Núm. 1 (2025): Enero - Diciembre

                         IA: ¿ASISTENTE O SUSTITUTO?

La inteligencia artificial ya no es una promesa distante ni un asunto reservado a los laboratorios tecnológicos. Está en las aulas, en los trabajos escolares, en las universidades, en los procesos de investigación y, cada vez con mayor frecuencia, en las decisiones pedagógicas. Su presencia ha sido tan rápida que la educación apenas comienza a formular las preguntas que deberían haber acompañado su llegada: ¿qué significa aprender cuando una máquina puede escribir por nosotros?, ¿qué debemos evaluar cuando un estudiante puede producir en segundos un texto que antes requería horas de lectura y escritura?, ¿qué lugar ocupa el docente cuando una herramienta puede explicar, resumir, traducir, argumentar o generar una imagen?

Estas preguntas no pueden resolverse simplemente prohibiendo о aceptando la inteligencia artificial. El verdadero desafío es educativo.

La irrupción de la inteligencia artificial generativa ha puesto en tensión algunas de las prácticas más arraigadas de la escuela y la universidad. Durante décadas, hemos asociado el aprendizaje con la capacidad de producir respuestas, textos, ejercicios, informes y trabajos. Hoy, una parte importante de esas producciones puede ser realizada al menos parcialmente- por sistemas de IA. Esto obliga a revisar no solamente las herramientas que utilizamos, sino también qué entendemos por conocimiento, aprendizaje y formación.

UNESCO ha advertido que la inteligencia artificial ofrece oportunidades importantes para ampliar y personalizar experiencias educativas, pero también plantea riesgos relacionados con la privacidad, la equidad, la seguridad y la autonomía de los estudiantes. Por ello, propone una aproximación centrada en el ser humano, en la que la tecnología esté al servicio del aprendizaje y no sustituya la agencia humana.

Aquí aparece una preocupación fundamental: el problema no es que la inteligencia artificial piense; el problema educativo comienza cuando dejamos de pensar porque ella lo hace por nosotros.

Wayne Holmes, investigador de la relación entre inteligencia artificial y educación, ha señalado que, aunque estas tecnologías pueden transformar las formas de aprender, la educación continúa teniendo una función irremplazable en el desarrollo del pensamiento crítico y en la formación de sujetos capaces de participar en la vida social. Esta consideración resulta particularmente relevante para las instituciones educativas: si la IA puede producir una respuesta correcta, quizá la pregunta ya no sea únicamente ¿cuál es la respuesta?, sino ¿cómo llegó el estudiante a ella?, ¿qué decisiones tomó?, ¿qué fuentes consultó?, ¿qué cuestionó?, ?qué puede argumentar y defender como propio?

En los colegios, esto supone revisar las prácticas de evaluación. Un trabajo escrito presentado como evidencia suficiente de aprendizaje pierde fuerza cuando puede ser generado en pocos segundos. Pero esto no significa que debamos abandonar la escritura, la investigación o los trabajos académicos. Significa que debemos hacerlos más auténticos, reflexivos y procesuales. El borrador, la conversación con el estudiante, la argumentación oral, la revisión de fuentes, la construcción progresiva del conocimiento y la capacidad para explicar las decisiones tomadas adquieren una importancia renovada.

En la universidad, el desafío es todavía más profundo. La inteligencia artificial puede apoyar la búsqueda y organización de información, la generación de ideas, la revisión lingüística, la programación y numerosas tareas académicas. Sin embargo, una universidad que permita que la IA sustituya la lectura rigurosa, la escritura reflexiva, la investigación y la discusión argumentada corre el riesgo de formar profesionales capaces de obtener respuestas, pero no necesariamente de formular buenas preguntas.

Y quizá allí se encuentre una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: mientras más capaces son las máquinas de responder, más necesaria se vuelve la capacidad humana de preguntar.

La discusión tampoco puede reducirse a la relación estudiante-IA. Los docentes necesitan formación para comprender qué hacen estas tecnologías, cuáles son sus posibilidades y cuáles sus límites. No basta con entregar herramientas; se requiere desarrollar criterios pedagógicos, éticos y epistemológicos para decidir cuándo utilizarlas, para qué utilizarlas y cuándo no utilizarlas. UNESCO ha insistido precisamente en la necesidad de fortalecer las capacidades humanas y establecer marcos que permitan un uso ético, seguro y significativo de la IA en educación.

También debemos reconocer una dimensión de justicia educativa. No todos los estudiantes tienen las mismas posibilidades de acceso a dispositivos, conectividad, plataformas y versiones avanzadas de estas tecnologías. Por tanto, incorporar la IA sin considerar las desigualdades existentes puede ampliar brechas que la educación debería contribuir a reducir. La innovación tecnológica no es automáticamente innovación educativa.

Desde Voces y Realidades Educativas, consideramos que la pregunta fundamental no debe ser si la inteligencia artificial llegará a nuestras escuelas y universidades. Ya llegó. La pregunta es ¿qué haremos pedagógicamente con ella?.

Necesitamos pasar de una discusión centrada exclusivamente en el temor al fraude académico a una conversación mucho más amplia sobre el sentido de educar. La inteligencia artificial nos está obligando a revisar nuestras formas de enseñar, evaluar, investigar y producir conocimiento. Puede ser una herramienta poderosa, pero no debería convertirse en el criterio que determine qué merece seraprendido.

La escuela y la universidad no pueden competir con la IA en velocidad de respuesta. Tampoco necesitanhacerlo. Su tarea es otra: formar personas capaces de interpretar, cuestionar, crear, convivir,decidir y asumir responsabilidad por aquello que hacen con el conocimiento.

Tal vez el mayor desafío de la educación en la era de la inteligencia artificial no consista en enseñar a utilizar máquinas cada vez más inteligentes, sino en evitar que nosotros dejemos de cultivar aquello que ninguna máquina debería sustituir: la curiosidad, el juicio, la responsabilidad, la imaginación y el pensamiento crítico.

Porque, en última instancia, una educación verdaderamente transformadora no debería preguntarse solamente qué puede hacer la inteligencia artificial por nosotros, sino qué debemos seguir aprendiendo a hacer nosotros mismos.

José Edilson Soler Rocha, PhD.

Editor Revista Voces y Realidades Educativas

Publicado: 2025-12-29

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